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Los ecos del Estadio

21.02.2012 |

Esa mañana, Marcelo caminaba por la Avenida principal de Gerli como un autómata. Si en ese momento alguien lo hubiese detenido para preguntarle dónde quedaba la calle Lacarra, no hubiera podido responder. Él, que había nacido y se había criado en el mismo barrio donde vive aun después de casado, que conocía las calles al dedillo, ni siquiera se habría dado cuenta de que, Lacarra, era la calle por la que venía caminando. Distraído,metido como estaba, en todo lo que tenía que pagar, luz, gas, y teléfono para empezar, no tenía espacio para otra cosa que números. O, mejor dicho, esos malabares que hace uno para mantener en pie esa cosa llamada por el INDEC, “costo de vida”.
 
Cuando más o menos creía haberlo logrado, aparecieron, como de un tren fantasma, el alquiler,las expensas, la
prepaga y el colegio de los pibes, para hacerle temblar de miedo los números de su malabar. Así, cuando ya casi
comenzaba a relajarse, su cabeza se largó a “mil” tratando de atajar las cuentas a pagar. Después de algunas
atajadas y revoleos entre “telefónica”, prepaga,y “Edesur”, se dijo, “bueno con esto estoy hecho, el resto lo bicicleteo”…y por fin se relajó. Fue entonces cuando la bocina del colectivo lo sacó de las cuentas. Frenó el paso, justo en el borde del cordón de la vereda: dos pasos más y el “Mercedes” lo hacía puré. Levantó la cabeza, miró al cielo y le dio gracias a Dios.

Después, le pidió perdón, “Barba la verdad tenés razón, esto me pasa por tener la cabeza puesta nada más que
en la guita. Te prometo Diosito que esta no me la olvido. A partir de hoy nunca voy a olvidar que lo más importante es la salud. La guita, de última, va y viene”. Y bajó la cabeza.Mientras lo hacía, en el transcurso en que su vista dejaba las nubes para pasar a mirar al frente, fue cuando se encontró con el cartel de Master Card: “¡La tarjeta! ¡Y la recontraputamadrequelareparió a la tarjeta, a Dios y a ese colectivo. Si me hubiera atropellado no tendría mas problemas: ahora estaría en una ambulancia o camino al paraíso, sin calentarme más por nada”, gritó en voz alta mientras siguió caminando a las puteadas con la mirada perdida en el piso.

Cuando la vio, la calentura que tenía rayaba con el infarto. Pero fue sólo verla, para que toda esa bronca desapareciera de golpe. Para, como ocurría ahora, dar paso al verde césped de la bombonera bajo una tarde de sol. Corría el minuto 45’ y el partido estaba cero a cero. El referí acababa de contar los doce pasos y colocaba la pelota sobre la gramilla del área de Boca. El arquero “xeneize” agazapado bajo los tres palos lo miraba fijo mientras balanceaba el cuerpo. Él, con la número diez de la Academia y los cortos, lo miró a su vez. Después,se acercó hasta el punto del penal donde el árbitro acababa de apoyar la pelota y la acomodó a su gusto.

Se dio vuelta, se alejó,miró al arquero, la pelota, y a la “Doce” que lo silbaba y puteaba para ponerlo nervioso: si la metía,la Academia se llevaba el partido de visitante y, lo mejor, en el minuto 45’.Sin más, respiró profundo y tomó carrera. Dos segundos después,le pegaba con el empeine y la clavaba en un ángulo. Mientras la hinchada gritaba el gol a reventar, él, salía corriendo para festejar el gol que le había hecho a los “bosteros” y que le daba el triunfo al equipo de sus amores, el Racing Club. Durante más de un minuto se la pasó dando vueltas alrededor del palo de la luz del alumbrado público. Entretanto, la lata de gaseosa, seguía rodando sobre la vereda. Minutos después, cuando pagaba las facturas de luz, gas y teléfono, la cajera no terminaba de entender la sonrisa de él. Él, no le prestó atención, todavía escuchaba a la “Número 1”, coreando su nombre.