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La realidad y la pobre viejecita

07.02.2012 |

Cuando el teléfono sonó en la casa de Ángela. Tanto ella como su hija miraban tranquilas una película en la tele: otra repetición más de “Notting Hill”. Así, con la cara de Hugh Grant en la cabeza y el clima de la comedia romántica en el ánimo, atendió el teléfono. Si por lo menos hubiera estado viendo Crónica TV habría estado más preparada. Pero no. el llamado la agarró con la guardia totalmente baja. Además, si el nieto, un pelotudo de treinta y cinco pirulos, no fuese un miserable amarrete que la llama “por cobrar” para no gastar crédito en su celular, ella, con sus ochenta y un años, no atendería jamás una llamada de ese tipo-como le explicó después a sus hijos que no paraban de cagarla a pedos a la voz de “mamá, no sabés que en la actualidad no tenés que hacerlo”-.

La cuestión es que, pensando que era su nieto que llamaba para hablar con su hija la madre del pelotudo-, y luego de escuchar el “¿tiene una llamada por cobrar? ¿Acepta?”, aceptó sin más. Así, en cuanto escuchó la pregunta que la voz de varón acababa de hacerle, del clima de “Notting Hill” pasó al de “E 24: emergencias”: el tipo le dijo que era de la policía, que había habido un accidente de tránsito, y que uno de los accidentados sólo había alcanzado a dar ese número de teléfono, el de ella. Después, le preguntó si tenía a algún familiar de sexo masculino que pudiera ser.

De ese modo, de la cara de Hugh Grant, pasó a la de su hijo varón y a cómo estaría en ese momento: si lo único que había podido decir era el número de ella, debería estar mal. Sumida como estaba en la desesperación que el llamado le produjo, ni siquiera pudo pensar en por qué el hijo no había dado el número de su propia casa para que hablasen con su esposa. Y, mucho menos, en ese trámite de mierda que Telefónica no terminaba nunca de terminar: el cambio de titularidad. Si hubiera podido pensar, cuando el policía le preguntó si el accidentado podía llamarse Ángel, hubiese dicho “no, ese el antiguo titular de la línea”. Pero no. lo primero que dijo fue “No, ángel no. mi hijo se llama Sebastián, Sebastián Rodríguez”. Y cayó en la trampa. De ahí, a darle la edad y la fisonomía fue un paso.

El suficiente como para que el supuesto policía dejase el policía para cambiarlo por secuestrador: “tenemos a su hijo secuestrado junto con el dueño de la Revista Viva, si no nos da 40 000 dólares es boleta”. Y así, aunque
Ángela siguiese sin poder pensar, sin darse cuenta de que un secuestrador de verdad no diría jamás que tenía
secuestrado al dueño del suplemento de Clarín sino al dueño de Clarín, o mejor, que si tuviera a Magneto, no tendría necesidad de secuestrar a un empleado de oficina, se vio obligada a pensar en “su” realidad. Y así, sin saberlo, el delincuente la trajo a su mundo real, el de una pensionada que tiene a cargo a una hija desempleada que tramita su jubilación por invalidez por tener problemas cardíacos.

De ese modo, los 40 000 dólares, se dieron de bruces con la mísera pensión de Ángela: “¡Qué, cuarenta mil dólares! Yo soy una pobre pensionada que tiene una hija a cargo con problemas de salud. Le puedo dar $500”. Y ahí, la hija, que ya había largado Notting Hill desde que vio la cara de la madre al atender la llamada, le sacó el teléfono. “Qué pasa. Yo estoy enferma, tuve que dejar de trabajar por el corazón. Qué quiere”, dijo la hija sin imaginar lo del hermano. “Tenés problemas del corazón”, le pregunto el chorro. “Si, tengo problemas de corazón. Pero me puede decir qué pasa”, insistió. “Nada, tranquilizate”, dijo el secuestrador al tiempo que Ángela le decía a su hija que tenían secuestrado al hermano.
 
“¡Qué! ¡Hijo de puta, cómo es eso de que tiene secuestrado a mi hermano, hijo de puta!”, gritó en el teléfono.“Tranquilizate, yo también tengo problemas de corazón”, acotó el secuestrador con voz calmada. “¡Y cómo quiere que me tranquilice si me dice que tiene secuestrado a mi hermano”, continuó gritando la hija”.
“Escuchame, calmate, que te puede hacer…”, y cortó. Minutos después, cuado Ángela le contaba lo que pasó a su hijo-que estaba lo más pancho en su casa-, terminó riéndose: “¿Te imaginás? El chorro debe estar preguntándose ¿por qué mierda me tubo que tocar esta vieja?”. Cuando Sebastián me lo contó, también me reí: “Te imaginás, cuando apenas escuchó a tu vieja, el chorro debe haber pensado que había embocado a una viejita indefensa. Lo que no se imaginó, fue que se iba a encontrar con lo de tu hermana”.
 
“Sí, lo de mi hermana lo descolocó. Pero en eso de que mi mamá es una viejita indefensa, te equivocás”, me retrucó Sebastián. “Por qué”, le pregunté más que sorprendido. “La hija de puta había cobrado la pensión ese mismo día”, me respondió. “Y eso, qué tiene que ver”, pregunté sin comprender. “La muy turra cobra setecientos mangos ¿entendés? La guacha le ofreció quinientos mangos. Estaba negociando mi rescate. Esta tan costumbrada a tener que arreglárselas con dos mangos, que ni en pedo le iba a dar toda la guita”. N del A: Salvo los nombres, cualquier parecido con la realidad, no es casualidad: sucedió tal cual.